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Fracaso y autoestima en los niños


La autoestima puede jugar un papel importante en nuestra felicidad y el éxito en nuestra vida depende, en gran manera, de ella.  

Sin embargo, la baja autoestima se ha asociado al fracaso o a la no consecución de los objetivos propuestos. 

En nuestra actual sociedad, nos hemos centrado en los peligros que conlleva la baja autoestima y su relación con poco rendimiento, falta de iniciativa, aislamiento social o incluso depresión y autolesiones, y quizás por ello, mucha de la literatura divulgativa en psicología está centrada en cómo aumentarla, lo que les genera grandes ventas, porque las personas en general buscan aliviar ese sentimiento, incluyendo a los padres de familia. 

Pero quizás algo de lo que no nos hemos querido dar cuenta, es que la competencia es una realidad vital, y el miedo a que los niños se sientan mal, por no conseguir lo que se habían propuesto, ha provocado la preocupación de los adultos hasta límites insospechados. Lo anterior minimiza el esfuerzo personal o colectivo realizado para lograr un objetivo y transmite la sensación de que se ha ganado un sorteo, más que haber obtenido un reconocimiento al trabajo desarrollado. 

Puede ser contraproducente para los niños que se les diga continuamente lo listos que son, y ese mensaje es reproducido por distintas publicaciones y medios de comunicación. Muchos niños o niñas están tan convencidos que son pequeños genios, que no ponen mucho esfuerzo en su trabajo. O están tan presionados con las alabanzas, que se convierten en niños problemáticos o ansiosos. 

Por ello, si deseamos tener autoestima, ¡hagamos cosas estimables! Los logros no se pueden extraer de una chistera o “descargarse” de internet. El conocimiento se adquiere estudiando, las habilidades ejercitándolas y los logros personales se obtienen con una adecuada mezcla de tesón, motivación y esfuerzo. 

La verdadera autoestima nos hace sentir bien porque está basada en el orgullo. Y éste se sustenta en la confianza y la capacidad. La estima y las emociones relacionadas provocan una sensación de éxito y confianza en lo que hacemos. Es un sentimiento muy agradable que no se puede conseguir, sin embargo, sin esfuerzo y disciplina. 

El otro lado de la autoestima no es el fracaso. Todo lo contrario, el fracaso forma parte del juego. Se aprende de él, se genera tolerancia y se sigue intentándolo hasta que conseguimos aquello que buscamos, aprendiendo a disfrutar del proceso, de sus contraluces. 

Esta afirmación está presente en todos los manuales de autoayuda. Desde hace décadas, los educadores han invertido un especial empeño en hacer que los niños y niñas se sientan bien consigo mismos, sin ninguna razón en particular. Esta práctica que no parece estar apoyada en ninguna evidencia, se basa en la premisa que una alta autoestima conduce a grandes logros. 

Pero ¿es esto cierto? Los programas desarrollados en la escuela del tipo “yo soy especial” piden a los participantes que enumeren sus cualidades y se les premia, digan lo que digan, obviando su esfuerzo, su empeño o cualquier otro desarrollo “real” de esas supuestas virtudes. Aprenden de esa forma a ganar medallas en lugar de aprender a mejorar en lo que hacen. Es decir, les estamos enseñando a ganar recompensas, no a involucrarse en lo que están haciendo para sentir la satisfacción propia de la consecución de un objetivo. Olvidamos que la recompensa no es sino una ayuda más para ello y la convertimos en el objetivo en sí mismo. 

Este hábito de obtener alabanzas no merecidas interfiere claramente con el aprendizaje, y dar una calificación similar por un supuesto esfuerzo que por la correcta cumplimentación de una prueba solo consigue darles a los estudiantes una sensación sobreestimada de sus habilidades. 

Nos hemos centrado en los peligros de una baja autoestima, y su relación con poco rendimiento, falta de iniciativa, aislamiento social o incluso depresión y autolesiones. De esta forma, mucha de la literatura divulgativa en psicología está centrada en cómo aumentarla. Esta baja autoestima se ha asociado al fracaso o a la no consecución de los objetivos propuestos. 

Pero la competencia es una realidad vital, y el miedo a que los niños se sientan mal, por no conseguir lo que se habían propuesto, ha provocado la preocupación de los adultos hasta límites insospechados. Esto minimiza el esfuerzo personal o colectivo realizado para lograr un objetivo y transmite la sensación de que se ha ganado un sorteo, más que haber obtenido un reconocimiento al trabajo desarrollado. 

De hecho, decirles continuamente lo listos que son puede ser contraproducente. Muchos niños o niñas están tan convencidos que son pequeños genios, que no ponen mucho esfuerzo en su trabajo. O están tan presionados con las alabanzas que se convierten en niños problemáticos o ansiosos. 

La solución a este dilema parece sencilla. Si queremos autoestima ¡hagamos cosas estimables! Los logros no se pueden extraer de una chistera o “descargarse” de internet. El conocimiento se adquiere estudiando, las habilidades ejercitándolas y los logros personales se obtienen con una adecuada mezcla de tesón, motivación y esfuerzo. 

La verdadera autoestima nos hace sentir bien porque está basada en el orgullo. Y éste se sustenta en la confianza y la capacidad. La estima y las emociones relacionadas provocan una sensación de éxito y confianza en lo que hacemos. Es un sentimiento muy agradable que no se puede conseguir, sin embargo, sin esfuerzo y disciplina. 

El otro lado de la autoestima no es el fracaso. Todo lo contrario, el fracaso forma parte del juego. Se aprende de él, se genera tolerancia y se sigue intentándolo hasta que conseguimos aquello que buscamos, aprendiendo a disfrutar del proceso, de sus contraluces.